La ramera

Semana 03, enero 2013

El escondite

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El regreso de los muertos vivientes 2 es un título un poco redundante, ¿no? Además, El regreso de los muertos vivientes se supone que ya era una segunda parte. Otra cosa curiosa es que entre el primer regreso y el segundo no hay mucho en común. Ni los creadores, ni los actores, ni siquiera la productora es la misma. Sólo hay tres nexos, y con eso basta, ambas están centradas en las afueras, aparecen unos misteriosos barriles del ejercito y las produce Tom Fox, que ya no aparece en El regreso de los muertos vivientes 3. Así que entre la tercera y la primera hay aún menos en común. Aquí está parte de la grandeza de cierto cine de terror.

Hubo una época, aunque no ha sido la única, en la que casi todos los psicópatas, fantasmas y monstruos estaban por los suburbios. El miedo se alejaba de la ciudad y se trasladaba a barriadas de las afueras. Terror en Amityville, Poltergeist, House… por muy lejos que se fueran a vivir los yanquis, el miedo les perseguía. En muchas películas de terror los crímenes se cometen normalmente durante la noche, en cabañas en el bosque, en lugares recónditos. La noche ayuda a la impunidad del asesinato, en las afueras hay mayor indefensión, pero también hay crímenes bañados por la luz mediterránea, como ¿Quién puede matar a un niño? Ahora se lleva mucho ese tipo de cine de terror. El Fondo Monetario Internacional ha pedido perdón por incitar a la política de recortes. Ha sido un error. De hecho, ha sido un crimen en toda nuestra cara. El horror a plena luz del día y frente a todo el mundo. / Quinta

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