La ramera

Semana 44, octubre 2012

Por un puñado de pesetas

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Marcial Lafuente Estefanía era el Amenábar de la literatura española. Vendía libros a cascoporro. Seguro que si lo echas a pelear con Carlos Ruiz Zafón, sale ganando. Escribía westerns como un poseso, a novela por semana, con la inestimable ayuda de algún que otro negro. Mi abuelo se sentaba en la mesa de la cocina y se leía uno de estos libros de un tirón, sin masticar ni nada. Eran pequeñas novelas básicamente entretenidas. Para colmo, un Lafuente salía mucho más barato que hoy un Zafón, por eso de que eran novelas pulp, libros que se hacían con una pasta de pulpa muy barata y gracias a eso se vendían por tres pesetas.

Cada país tenía su propia literatura pulp. El italiano se llamaba giallo, por las portadas amarillas de los libros, y de ahí llegó el nombre del género de terror italiano. En Alemania, un tipo que triunfó en este género fue John Sinclair. Durante los años setenta publicaba cada semana historietas de terror con tintes cómicos. Hace poco escuchamos al ilustrador de las portadas de esos cuentos, Vicente B. Ballestar, quien contaba que se tomaba muy en serio estos trabajos cómicos. Venía a decir que inquietar, entretener y hacer reír, todo al mismo tiempo, era un oficio serio. Si encima lo hacían cada semana durante treinta años, eso requería mucha disciplina.

Se puede oler cuando un artista quiere decir cosas muy importantes e incontestables. Hay directores de cine que hacen algo así como películas definitivas sobre un tema. En cambio, en el mundillo pulp ha habido gente que se ha dedicado a hacer su oficio sin pretensiones. Hace poco me hablaron de algunos grandes grupos de funk que hacían música en los años setenta para películas porno o eróticas. No tocaban para ser estrellas, era simplemente lo que sabían hacer, y podían hacer la banda sonora de una porno o montar un concierto modesto. La idea era poder comer de lo que mejor sabían hacer. / Quinta

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