La ramera

Semana 39, septiembre 2012

El tamaño no importa

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Un transatlántico gigante, una epopeya familiar, la guerra de Secesión, un magnate de la prensa; las películas que más gustan tienen que tener cosas grandes, muy grandes, ya sea el acontecimiento donde transcurre la historia, la ambición del protagonista, o un barco. Lo que el viento se llevó habla de la guerra civil estadounidense, Vivian Leigh defiende su pedazo de cortijo con hectáreas de tierra, sus pasiones son desproporcionadas, y se hace un vestido con una cortina enorme. Pero qué pasa con las cosas pequeñas. La señorita Escarlata se siente muy sola durante toda la película pero le acompaña un pañuelo. Un pequeño trozo de tela cuadrado que le seca el sudor cuando trabaja en el campo, que es signo de distinción en los vestidos de la clase alta, y que, por supuesto, le ayuda a secar tantas lágrimas.

Hay otras cosas muy pequeñas que aparecen en momentos clave de un thriller. Una llave o un vaso de leche pueden cambiar el rumbo de una historia de Hitchcock. También hay cosas pequeñas que no tienen que tener importancia en la trama, pueden pasar desapercibidas, como un helado. No marcan la vida de nadie, ni ayudan a desactivar una bomba, pero engrandecen la película.

Una vez me contaron que un tipo cruzó en bicicleta el aeropuerto de Gibraltar y le atropelló un avión. Eso es algo muy grande, propio de James Cameron. A Theo Angelopoulos, en cambio, le atropelló una moto. No voy a decir que esa sea una muerte pequeña, ni que las películas de Angelopoulos hablen de cosas pequeñas. En realidad eran enormes porque hablaban de la caída del comunismo, de la emigración, de la eternidad. En el cine de Angelopoulos hay mucha nostalgia y los pañuelos han sido muy simbólicos. Siempre han estado ahí en las despedidas, ya fuera en una estación o en la manga de una plañidera. Qué sería de un puerto, un largo viaje y un gran barco, sin un pañuelo. / Quinta

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