La ramera

Semana 32, agosto 2012

Placeres culpables

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Como el que le dice a su médico que fuma dos paquetes de tabaco al día, así me siento cuando confieso que me encanta Ace Ventura. Aunque la verdad es que cada vez hay menos complejos a la hora de reconocer esos delitos inconfesables de aquel que le gusta el cine. Solo hace falta revisar las listas de algunas revistas para comprobar que se ha perdido el filtro. Se tira mucho de la nostalgia hasta convertir una película entretenida ochentera en una pieza imprescindible del engranaje del cine. A esto se suma la reivindicación de algunos críticos por la Nueva comedia americana. Desde que se empezó a glorificar a Judd Apatow, se abrió la veda, y todo el mundo podía reconocer sus debilidades.

Recuerdo que en un viaje en tren pusieron Click y a mi lado tenía a un tipo enchaquetado riendo como un poseso. No sé si se imaginaba hostiando a su jefe, o se veía reflejado en David Hasselhoff. Muchas veces se le llena a uno la boca de espuma hablando del cine americano, pero la verdad es que es difícil dejar de sentirse identificado con los bulos que vuelan por el instituto de Rumores y mentiras, con la cara de Paul Rudd ante mundo cambiante y desconcertante, con los dilemas de Linda Cardellini en Freaks and geeks. Y, por supuesto, con los hermanos Farrelly y su ejército de héroes marginales, de los que se ríen como lo hace uno con un amigo, con todo el cariño del mundo.

Se podría hablar de las críticas al sistema que tienen muchas de estas películas, pero realmente el principal componente está en su falta de pretensiones y un humor en ocasiones muy natural. El caca-culo de algunas de estas películas no difieren mucho del tartazo del gordo y el flaco, y este humor tenía mucho de básico. Al fin y al cabo, básico viene a referirse a la base sobre la que se sustenta algo, y en este caso se trata de algo tan fundamental como la risa. / Quinta

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