La ramera

Semana 35, agosto 2012

El músculo de la cultura

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Yul Brynner pasó una vez por un pueblo de Granada para rodar una película; caló tanto su estancia allí que a más de un niño lo bautizaron con su nombre y su apellido. Es curioso como la presencia de un actor puede crear tanta conmoción. También se pueden dar otros tipos de agitaciones rurales en torno a la cultura que son mucho más profundas y no tan anecdóticas. En Torreperogil, un pueblo de Jaén de apenas ocho mil habitantes, hay varios grupos de blues, otros de rock, y alguno metalero. Allí hay veneración por John Lee Hooker, Canned Heat o Jimi Hendrix, pero estos no estuvieron allí, sino que tuvieron una especie de profeta llamado Frank Pelaez. Este hombre, además de dar clases de inglés en un colegio, fue todo un gurú cultural, inculcó buena música y murió dejando a varias generaciones de fanáticos bluseros.

Hace veinte años, en mi ciudad, el que pasaba de vestir ropa del mercadillo a comprar en Pull&Bear daba un gran salto. Se convertía en Tom Wolfe de golpe. A lo mejor exagero un poco, pero es para dar cuenta de que allí tampoco llegaba todo lo bueno. Eso sí, en los años ochenta y noventa se proyectaron películas de Hou Hsiao Hsien, Jan Svankmajer o Aki Kaurismaki, y todo por el empeño de un Henri Langlois local, que año tras año conseguía películas que se estrenaban en España de milagro. Ese hombre había convertido el viernes por la noche en todo un ritual cinéfilo. Se le sumaba el encanto del recinto, una casa de cultura con olor a viejo teatro. Uno se iba de botellón con otra cara después de descubrir una película totalmente desconocida para un adolescente. Este goteo cinéfilo duró veinte años, hasta que un partido político lo desmontó de la noche a la mañana. A día de hoy no queda ningún cine en la ciudad, y aquel gurú pasó a ser conserje, porque al fin y al cabo, poca pasta genera un cineclub y el mismo gasto tiene un programador de cine que un portero. Aquella forma de educar en la cultura requería un ejercicio constante, y se contraponía a la cultura del pelotazo que promovía el partido político,  algo que tiene más que ver con “anabolizar” a la sociedad y con creer que uno se hace rico rápidamente y sin esfuerzo. / Quinta

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