La ramera

Semana 30, julio 2012

Lo normal

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Estoy esperando el momento de ver una película de despedida de soltero corriente y moliente, sin tatuajes de mariposas en la espalda a la mañana siguiente. A lo mejor no tendrá tanta gracia, no se encontrará uno con Mike Tyson y un tigre, ni perderá el anillo en el ano de una puta, pero tendrá cosas normales. Me imagino algo así como estar sentado en el sofá de tu casa viendo la televisión y que de repente llamen a la puerta seis amigos de los cuales tres andaban perdidos por esos mundos. Te cogerán en volandas y te llevaran a un lugar conocido pero en un contexto especial. Allí aparecerán otros amigos que se engancharán al reencuentro, porque ahí la emoción no la crea una máquina tragaperras, un secuestro o una buena mano en el blackjack, simplemente es el reencuentro.

El problema de las películas con despedida es que se convierten en referentes, hay gente que se crea muchas expectativas y al final sufren la carga de  tener que hacer algo grandioso, o acaban aburridos porque no salió como en Juerga de solteros. Las historias normales pueden parecer aburridas o de película indie americana. Los manuales de guión aconsejan otra cosa, pero es que un manual, como concepto, es ya muy aburrido. Muchas cosas que van de especial y diferentes por la vida están manidas. Si la despedida de soltero de la que hablamos la produjera la Warner, harían una transición de imágenes con música psicodélica, botellas de champán, stripper, algún puñetazo en la cara al amigo chulo. Pero en una despedida corriente solo serían unas (o muchas) copas y una buena comilona. Llegaría el clásico ciego, sin armar la de Dios en un casino, algo más normalito en una plaza, en un bar o en la playa. Lo mismo cada uno se iría poco a poco durante la noche, como una etapa reina de ciclismo, donde se van quedando descolgados y solo aguantan los dos que están más en forma (o más dopados) para conseguir el beso de las dos chicas en el podio. Un par de días después volverían todos a su rutina, y el tatuaje de mariposas lo tendrían en el cerebro. / Quinta

 

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