
Un amigo me dijo hace poco que no le interesaba mucho el cine, sobre todo el de ahora. Piensa que sólo hay dos tipos de pelÃculas: las que reivindican algo, esas que tienen una intención y son claramente pretenciosas, y por otro lado están las que no pretenden nada, que generalmente son insulsas. La verdad es que es una visión muy interesante. Eduardo Lago explicaba que en la literatura se han tomado los esquemas de los clásicos hasta desvirtuarlos, y se ha perdido el corazón. Hay que retomar el corazón. A las pelÃculas les viene a pasar un poco lo mismo.
Mi Ãdolo era el padre de un amigo mÃo, que se bebÃa un litro de cerveza cada noche mientras veÃa una sesión doble de western. Se quedaba dormido viendo la segunda pelÃcula, pero disfrutaba mucho. Es una buena manera de entender el cine. Otra cosa bien diferente es que seas profesional de un medio importante y reconozcas que te quedas dormido durante una proyección de un Festival. Por cierto, la semana pasada soñé que ganaba Sokurov en Venecia y me desperté pensando que serÃa bonito, pero realmente difÃcil, verle con el León de Oro.
Hay que tener ganas de ir a Venecia con sus precios abusivos, actores glamurosos llegando en lancha, y salas llenas a reventar. Es una forma de justificar que no puedo ver las últimas de Garrel, Ferrara o Cronenberg, por nombrar a tres de los quinientos que merecen la pena en este Festival. Alguna vez he pensado que si viera todas las pelÃculas en Cannes y en Venecia desaparecerÃa el encanto de la espera. Rezar para que llegue a España, para que se estrene en tu ciudad, por encontrarla pronto a través de otros cauces. Y pensar que algunos se quedan fritos durante el estreno de una pelÃcula que tardaré años en poder ver. / Quinta